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30/4/13

PAVO CHAVELA





“Demórate aquí, en la luz solar de éste mediodía
Donde encontrarás con el pan al sol la mesa tendida”
Chavela Vargas
Las simples cosas

Cuando estoy triste cocino. La tristeza es algo que, como cualquier plato, requiere paciencia para su elaboración. Uno no sale de ella así nomás, sin trabajo. Pero tampoco se queda en ella si está dispuesto a dar batalla. Entonces doy la batalla. Porque he trabajado todo el día y he llegado a mi casa con los pies suplicando pantuflas pero apenas crucé el umbral de la puerta me salió al encuentro mi pequeña niña, radiante como el sol de primavera, con sus cachetes rosados, sonriendo, divertida. La noche ha llegado pronto, el invierno se acerca y los días se vuelven mezquinos con la luz del sol. Estuve sentada muchas horas, necesito estar parada. Estuve escuchando a personas que sufren y algo de su dolor retumba en el mío. El padre de mi hija ha llegado más temprano, juntos escuchan boleros en el living y yo necesito esa luz solar de la canción de Chavela para capear el frío y el dolor, para llegar a la otra orilla, allí donde ellos ríen y cantan, ahí donde quiero también estar yo.
Uno vuelve siempre a los viejos sitios donde amó la vida- canta Chavela. Cuando estoy triste cocino porque así vuelvo a veces a la cocina de mis abuelas y de la mano de ellas a mi infancia tierna. Viajo en unos minutos a la casa de mi nona Lina, un domingo en la mañana. Me paro de nuevo junto a su mesa de amasar para verla pasar una y otra vez la masa de los tallarines por la Pastalinda. Ella ha comenzado a amasar temprano, yo no me he movido de su lado. Quiero aprender, quiero cocinar como mi nona.
Vuelvo a la cocina de mi abuela Rosa, a esperar junto a la mesada mi espiguita de pan con margarina y los mates con cascarita de limón. Cada una con su platito nos sentaremos en un rato más a ver una telenovela, a reírnos juntas de las sobreactuaciones, a mirarnos cómplices cuando los amantes se den un beso.
En la cocina me siento a salvo como con ellas de niña, sabiéndome protegida invento. Abro la heladera y miro qué tengo. Empiezo a combinar en mi cabeza los sabores y los aromas. Después, manos a la obra. Hago la prueba, mezclo, huelo, saboreo. A veces queda muy rico. A veces queda horrible y me da bronca. Pero entonces vuelvo a la cocina de mi vieja, que me daba los pedacitos de pascualina que recortaba para que yo preparase mis masas. Y de tanto amasar con las manos sucias la niña que era conseguía dar forma a un mazacote color gris ocre que mi mamá de todas formas metía al horno. Después llegaba mi viejo, cenaba la tarta y de postre se comía mi mazacote gris tostado sin chistar. Lo tragaba con un par de mates. Y me felicitaba por lo bien que cocinaba.
Mientras cocino mi mente descansa, mi cuerpo es uno solo, nariz, ojos, boca, oídos. Todo lo que hay en mí está concentrado en ese acto doméstico de trasformar un montón de cosas distintas en algo nuevo y delicioso. Descanso. Disfruto de las cosas simples y elaboro lo que sea que duela en ese momento al abrigo de los recuerdos tiernos.
Así fue como inventé el Pavo Chavela. Verán, es muy fácil de hacer. Lo importante es tener en casa los ingredientes. Yo los tenía. Lo único que compré fue la pechuga de pavo. Ustedes se preguntarán, de pleno derecho, cómo es que alguien tiene en su casa higos secos con harina, tequila y chocolate amargo sin azúcar en polvo así como así, como si se tratase de arroz blanco o huevos. Bien, como estoy al tanto de que un rato en la cocina puede representar para mí, en ciertos momentos, lo que un tronco flotando en alta mar para un náufrago entonces siempre que voy al súper dedico un ratito a buscar cualquier cosa que no tenga en mis alacenas y que pueda servir algún día para preparar una comida. Sé que en algún momento lo voy a necesitar. Los higos los compré hace dos meses y hoy encontraron su destino. Es como tener un botiquín de primeros auxilios. Hay que ver cuánto se agradece uno la simple precaución de tener siempre a mano lo que más tarde hará la diferencia entre una tarde gris y un medio día  soleado.

PAVO CHAVELA- INGREDIENTES PARA 2 PERSONAS
Media cebolla laminada
10 higos secos con harina
6 filetitos de pechuga de pavo
Salsa de soya (cantidad suficiente)
Pimienta roja de Cayena
Cúrcuma
Tequila (dos cucharadas)
Cacao en polvo amargo sin azúcar (una cdita. de té)
Aceite de oliva
ACOMPAÑAMIENTO
Lechuga
Rúcula
VINAGRETA (para la ensalada)
Ajo
Perejil picado
Limón
Vinagre de manzana
Aceite de oliva
PREPARACIÓN:
Dorar la cebolla en el aceite de oliva. Cuando comience a ponerse transparente agregar los filetitos de pavo, los higos secos rebanados y las dos cucharadas de tequila. Tapar y dejar en cocción solitaria a fuego lento revoltoso. Mientras, se limpian las verduras y se dejan escurrir.
En no más de 15 minutos, los filetitos están cocidos de un lado. Antes de darlos vuelta, espolvorear con cúrcuma y pimienta roja. Agregar la salsa de soya con moderación. No intenten reemplazarla por sal porque no queda igual y se nota -como comprar ropa en los coreanos jurando de panza que se ve igualita que la de las vidrieras del shopping, puede que te vista pero no es lo mismo-. Tapar nuevamente y dejarlo ser unos 5 minutos. Después hay que dar vuelta los filetitos y verificar que no se haya evaporado mucho líquido. Si es así, agregar agua.
Cuando los filetitos estén cocidos, hay que verificar que los higos se hayan ablandado. Si no, se tapa de nuevo y se espera porque a los filetes no les hace ningún daño un rato más de fuego. En cambio, si los higos quedan duros es una tragedia.
En tanto, se coloca en otra sartén el aceite de oliva, el ajo y el perejil picado para la vinagreta. En cuanto el aceite entra en ebullición se apaga el fuego, so riesgo de quemar el perejil y el ajo y en vez de vinagreta obtener cicuta. Se deja enfriar la preparación al tiempo que se exprime el limón. Luego se mezclan en una salsera éstos ingredientes y se le agrega un poco de vinagre de manzana.
A todo esto, los filetes ya deben estar cocidos y los higos tiernos. Entonces, antes de apagar el fuego, se espolvorean los filetes con el cacao. Tapar y dejar reposar un par de minutos.
Y listo. Se sirven los filetitos cubiertos con la salsa que queda del proceso de cocción más los higos. Y se acompaña con la ensalada verde condimentada con la vinagreta y sal a gusto.

15/10/12

CENA ROMÁNTICA (segunda parte)

Supongamos que a la cena le siguió un desayuno, y más cenas, y los padres de él, y los tuyos, los amigos, las vacaciones juntos, las confesiones de alcoba -sobre tus ex y las suyas- las tardes ensayando nombres para los hijitos, el cepillo de dientes en su casa, las llaves de tu casa en el llavero de él, etc.
Si ya superaron los cinco años de casados -y continúan juntos contra todo pronóstico- con hijos, probablemente las cenas románticas sean un recuerdo lejano. Tan lejano como los tacones, la lencería erótica y las flores para el cumpleaños. Cada tanto el eco de lo que fueron produce algún efecto inesperado y te pasa que lo ves venir de lejos por la calle y pensás qué tipo más guapo antes de darte cuenta que es tu marido.O te despertás una mañana y lo enganchás mirándote dormir con cara de pavo.
Supongamos que ya renunciaste a la fantasía de la amazonas montando un potro salvaje cuando te toca una noche buena. En cambio, te sentís casi orgullosa del pony simpático y cumplidor que relincha en tu establo. Supongamos que gracias a la sabiduría que dan los años y a la templanza de carácter que acompaña el ejercicio de la maternidad, hace rato dejaste de esperar que aparezca el esquivo unicornio azul. Dudás incluso de que alguien más que Silvio lo haya visto alguna vez.
A pesar de todo, de vez en cuando te pasa que te colgás mirando a un par de adolescentes comiéndose a besos y te embarga una envidia espantosa. No les envidiás la juventud, ni los cuerpos firmes, ni la enorme cantidad de tiempo libre que tienen. Les envidiás los besos húmedos, largos, sin apuro y sin pausas. Porque no hay nada más aburrido y triste que esos besos secos, apurados, de pato distraído con los que se pueblan los días transcurrido un buen tiempo de conviviencia. Entonces te jurás que vas a recuperar lo que es tuyo esta misma noche. Cena romántica, te anunciás.
Pero inmediatamente te asalta el juicio de realidad. En qué puede consistir una cena romántica cuando estás esperando a que los pibes se duerman para depilarte las cejas mientras te fumás un pucho y contestás un correo al lado de la olla a presión donde hierven los porotos para mañana, te preguntás.
Si hace tiempo que las velas en tu casa solo se usan cuando se corta la luz y los platos de la porcelana de casamiento que sobrevivieron a la infancia de tus hijos te sirven ahora para ponerlos debajo de las macetas pero aún conservás en el fondo de una alacena un par de copas de vino tinto, no todo está perdido.
Mi idea de cena romántica en ésta época de la vida consiste en tener de vez en cuando un ratito para sentarnos sobre las mesadas de la cocina, cada uno con su copa de vino, picotear unos buenos quesos con pan tostado y frutos secos y hablar. Conversar, contarse cosas, porque con los años uno se va anoticiando de la soledad que acompaña a los momentos más complicados de la vida. En ese exilio de la tierra prometida que es la adultez, cruzarse cada tanto en la propia cocina con un buen compañero es una ocasión para festejar.
No es tan complicado.



2/8/12

Dime qué come y te diré qué marido tienes (parte I)


CARNÍVORO
Considera que no ha comido si no le ofrecés un pedazo de carne. Para él las ensaladas, los cereales y las legumbres son acompañamientos, nunca plato principal. Los postres, a su entender, son cosa de minas pero puede engullir un frasco de dulce de leche como si fuese yogurt.
Acompaña las comidas con vino o gaseosa. Cree que el agua y las infusiones son para cuando uno está enfermo. 
Suele ser un amante dedicado y enérgico, más para no pasar vergüenza que por auténtica solidaridad sexual. 
Generalmente ronca cuando duerme.
Es feliz como un niño cuando se junta a comer asados con amigos. Puede decir sin pelos en la lengua que todos los vegetarianos son gay y no consigue siquiera imaginar la vida de un vegano.
Es un tipo de placeres sencillos: asado con amigos, asado con la familia, asado con la gente del trabajo. 
Grita los goles de su equipo en el living como si estuviera en la cancha. Si madruga un domingo lo hace para ver la largada del TC 2000. 
Para cumpleaños y aniversarios te pregunta qué querés o te da la plata.
No cambia pañales, no va a reuniones de la escuela, ni lleva a los niños al pediatra. 
Visita a su madre una o dos veces por semana y generalmente va solo.
Jura que todas tus amigas solteras andan de caza y los maridos de tus amigas casadas le resultan aburridos, tarados o gay de closet.
La comida étnica o la de autor le parecen una cursilería. Se lleva bien con la comida chatarra, los hidratos y los azúcares refinados. Le pone mayonesa o ketchup a todo lo que no sea carne.
No sabe cocinar ni un huevo frito.
VEGETARIANO
Suele ser de estómago delicado. Los fritos le caen mal, al igual que los picantes. Le encantan las ensaladas como plato principal y te aplaude si cocinás legumbres. 
Desayuna con cereales y se lleva una fruta al trabajo. Te llama siempre a media mañana para saber cómo estás. 
Simpatiza con el tenis y las artes marciales. Le gusta levantarse temprano los domingos para salir a correr. A la vuelta prepara el desayuno y te lo lleva a la cama.
Se las arregla solo en la cocina, incluso se anima con la cena. Eso sí, te deja el caos de cosas para lavar.
Se junta con amigos a comer sushi o pizza. Le gusta el buen vino pero almuerza con agua sin gas. 
Es un amante más romántico que ardiente. Frugal tanto para la comida como para el sexo, suele ser conservador para las posiciones o para el uso de juguetes y otras frutas.
Conversa con los maridos de tus amigas sin mayor dificultad y se queda despierto leyendo hasta que vuelvas si salís con tus amigas solteras.
Acuesta a los niños, les cuenta cuentos antes de dormir y sale con ellos a andar en bicicleta.
OMNÍVORO
Come lo que le pongás en frente. Si vos cocinás, él lava los platos. Te festeja las recetas nuevas y le cuenta a sus amigos que en su casa come como un rey. Si preparás postre te pregunta qué festejan y para su cumpleaños se contenta con cualquiera de esos platos que hacen feliz a un niño, milanesas con puré, pastel de papas o helado.
Les presenta compañeros de trabajo a tus amigas solteras y juega fútbol con los maridos de tus amigas casadas. 
Lleva a los niños al pediatra y al colegio. Sabe cuánto calzan y cuántas gotitas para la fiebre toma cada uno.
Suele ser hijo de madre trabajadora. Ha sido educado para no dar trabajo y adaptarse a cualquier escenario. Puede pasar un mes sin ir a ver a su mamá y ella tampoco llama "para no molestar". Eso sí, la señora tiene su agenda siempre llena y rara vez está disponible para cuidar nietos.
Es compañero fiel de todas tus dietas. Si se queda con hambre se prepara un sanguchito.
Suele ser un amante divertido, de esos que olvidan sacarse las medias o hacen comentarios inverosímiles. Cuando todo termina te abraza confiado y sereno. Duerme sin roncar.

 











 

17/6/12

Morrones asados

Después de dos días de encierro, hoy por fin conseguí poner los pies en la calle. Había estado lloviendo. Mi hija y yo mirábamos los días pasar a través la ventana, grises, oscuros, nublados. El agua rompía lánguidamente la monotonía de una mañana que no se diferenciaba en nada de la tarde del día anterior.
Pero, ya lo saben los viejos, siempre que llovió paró y hoy no fue la excepción. En cuanto cayó la última gota le puse a la bebé su gorrito de lana, la envolví en mantas como paquete para encomienda y una vez amarrada al changuito nos apresuramos hacia la vereda con el entusiasmo de quienes salen de la escuela.
Dimos dos vueltas a la plaza aspirando el perfume de la tierra mojada. Como los árboles están más bien ligeros de hojas, pudimos ver a las cotorras que son plaga en Santiago comiendo ramas. Era bien divertido, en lugar de hojas, las ramas soportaban un montón de cotorras verdes que de lejos -o sin lentes en mi caso- parecían follaje alado.
Seguimos rumbo al súper para reabastecernos de provisiones. Entré empujando el cochecito por la puerta que da a las heladeras de las verduras. Y ahí los vi, brillaban rojos y húmedos entre los berros y las espinacas en bolsas. Sendos pimientos morrones, de tamaños variables, a un precio razonable porque esta es su estación. Compré 5.
Ya de vuelta en el departamento anuncié a quien quisiera oír, hoy cenamos morrones asados.En ese momento pensé que la mitad del placer está en llamarles así, "morrones asados", con esa familiaridad que hay entre amigos.
Puse los 5 morrones a asar. Mientras le daba su manzana rallada a la bebé, escuchaba a lo lejos el chisporroteo de los pimientos cociéndose. Hasta que por fin comenzó a llegar al comedor el aroma inconfundible de los morrones asados. Diez minutos más tarde el departamento entero olía a morrones y a tarde de otoño después de la lluvia.
Cuando estuvieron listos, con su costra de cocción en los tres lados, apagué el fuego, puse la tapa y esperé a que se entibiaran. Mientras los pelaba y les quitaba las semillas llegaron sin aviso los recuerdos. Cuando era una niña le ayudaba a mi viejo a pelar los morrones y él me explicaba que no había que perder ni una gotita del jugo que tenían dentro. Yo veía el líquido ámbar escurrirse por las manos curtidas de mi papá hasta la fuente donde los iba colocando delicadamente. Después los aliñaba con sal, pimienta negra y aceite de oliva mientras esperaba que se tostaran algunas rodajas de pan. Al final tomaba una, la humedecía con el jugo de los morrones aliñados, colocaba dos o tres trozos encima y me la pasaba. Comíamos así, de pie y apoyados en la mesada de la cocina, con una mano debajo de la otra para atrapar el jugo furtivo después de cada mordida.
Estas son dos de las cosas que he aprendido con mi viejo, una es a preparar morrones asados; la otra es a disfrutar hasta la última gota de aquellos placeres que, como los morrones, no se consiguen todos los días.